domingo, 25 de junio de 2017


Después de todos, están esos otros
que ya has leído o que nunca has abierto,
pero siempre llevas encima;
en el bolsillo del pantalón,
en las maletas abisales,
en las bocas tiernas de la ropa de invierno.

Son el patrimonio rectangular de la rutina,
los gramos que un día perderemos con la muerte.
A veces los abres:
mil caballitos persas se dormían...
todas las tardes en Granada,
todas las tardes se muere un niño...
quiero dormir el sueño de las manzanas...

y luego les cierras los élitros amarillos
contra tu carne.
Otras veces,
antes de adentrarte en los bosques,
los palpas por encima de la camisa
como un revólver heredado.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora 2015)

sábado, 24 de junio de 2017

Fábula y rueda de los tres amigos


Enrique,
Emilio,
Lorenzo.

Estaban los tres helados:
Enrique por el mundo de las camas;
Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,
Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.

Lorenzo,
Emilio,
Enrique.

Estaban los tres quemados:
Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;
Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos;
Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados.

Lorenzo,

Emilio,
Enrique.
Estaban los tres enterrados:
Lorenzo en un seno de Flora;
Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso;
Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Lorenzo,

Emilio,
Enrique,
fueron los tres en mis manos
tres montañas chinas,
tres sombras de caballo,
tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas
por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo.

Uno

y uno
y uno.
Estaban los tres momificados,
con las moscas del invierno,
con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,
con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,
por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.

Tres

y dos
y uno.
Los vi perderse llorando y cantando
por un huevo de gallina,
por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna,
por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
por mi pecho turbado por las palomas,
por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.

Yo había matado la quinta luna
y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos,
Tibia leche encerrada de las recién paridas
agitaba las rosas con un largo dolor blanco.
Enrique,
Emilio,
Lorenzo.
Diana es dura.
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir con la sangre del ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que cl mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

Federico García Lorca

viernes, 23 de junio de 2017

R-21


Envejecer no es ir dejando cosas, sino ir viendo cómo las cosas nos dejan (...)
Canto al viejo coche en su sueño de máquina... te quiero viejo, monstruo, chatarra de mis días
F. UMBRAL

Se llevaron el viejo 21.
25 años: diez apenas de coche,
quince de féretro.
La verde barcaza de los domingos con el corazón de aceite y cilindro,
desde su artritis neumática parece decirnos chao,
un placer.
Tanta vez
atravesamos girasoles,
campos de lluvia,
llegamos al mar
o a tiempo.
Ahora me están llevando.

Iván Onia Valero

jueves, 22 de junio de 2017


Había mezclado los personajes de la larga novela
que estaba escribiendo. Había olvidado quiénes eran
y qué hacían. Una mujer muerta reapareció a la hora
de cenar. Un vendedor a domicilio emergió de un
remolque en el quinto infierno ataviado con una
túnica china. El mismo día en que el asesino debía ser
ejecutado, salió a comprar flores para una tal Rita, que
resultó ser una niña de diez años con trenzas y gafas
de culo de botella... y así todo.
Nunca hizo nada por mí, sin embargo. Seguí
haciéndome más viejo y gruñón, como era mi deber,
en un pueblo ruinoso que siempre describía como
"muerto" y "menos que nada".

Charles Simic

miércoles, 21 de junio de 2017

The sound of silence


Hola oscuridad, mi vieja amiga,
he venido a hablar contigo otra vez.
Porque una visión arrastrándose suavemente
dejó sus semillas mientras estaba durmiendo.
Y la visión que fue plantada en mi cerebro
todavía permanece dentro de los sonidos del silencio.
En sueños sin descanso caminé solo
por estrechas calles de empedrado,
debajo del halo de una luminaria.
Me levanté la solapa al frío y la humedad
cuando mis ojos fueron apuñalados
por el flash de la luz de neón, que resquebraja la noche
y acaricia los sonidos del silencio.
Y en la luz desnuda ví,
diez mil personas, quizás más.
Gente hablando sin conversar,
gente oyendo sin escuchar.
Gente escribiendo canciones que las voces jamás compartirán
y nadie osó molestar a los sonidos del silencio.
'Tontos' -dije- no saben
que el silencio es como el crecimiento de un cáncer.
Escuchen mis palabras que podría enseñarles,
tomen mis brazos que podría alcanzarlos.
Pero mis palabras como silenciosas gotas de lluvia cayeron
e hicieron eco en los pozos del silencio.
Y la gente se inclinó y rezó
al dios de neón que crearon.
Y el cartel encendió su advertencia
con las palabras que estaba formando.
Y los carteles decían que las palabras de los profetas
están escritas en las paredes del subterráneo y en los conventillos.
Y murmuradas en los sonidos del silencio.

Paul Simon (1964)

lunes, 19 de junio de 2017

La noche del nadador


De la noche el nadador vuelve a la nada.
Sobre los eucaliptos la luna lo miró;
no salen de la infancia los curiosos.
Y allá, en la lejanía, altas torres eléctricas
eran buenos gigantes, sajones entre olivos.
El nadados ha sido famoso un día aquí,
en la piscina donde tuvo amores
y amigos que venían a sus fiestas.
En el atardecer, el incendio del agua
como la vida misma era un engaño,
igual de hermoso. El nadador espera.
La noche es su verdad.
Pues ahora es mayor, nada solo de noche,
y a veces oye un búho y es el ritmo del cielo,
el palpitar de las estrellas puras
lo que rompen sus brazos en líquido.
Cuando descansa suele
sentarse en los peldaños, donde puede mirar
el rielar de la luna sobre el agua tranquila.
He aquí su reino.
Nadará una noche y otra noche
y de día será
el que espera la noche de las aguas,
el turbio nacimiento hacia otra gloria.
Ya casi no recuerda.
el cuerpo tan ligero que dividía el sol
cuando él se lanzaba desde su trampolín,
una Roma en el viento.
Oh mañanas del mundo, en cuyo cielo
aparecía su cabeza joven,
surgiendo entre la espuma de la historia.
Oh fuerza que fue fiel.
El búho por tercera vez golpea
en la puerta sagrada y suena el chapuzón
de los que nacerán al otro lado,
apareciendo así, como él solía,
rompiendo superficies,
levantando los brazos en el aire.

José Luis Rey, de La fruta de los mudos (Visor, 2016)

domingo, 18 de junio de 2017


El sexo, a veces, nos conduce a habitaciones asirias, o a altísimos pisos donde hay una niña en
llamas con orejas de gato, hamsters que se comen la cola unos a otros, y perros venerables, como
fedatarios, que piensan largo rato lo que se les dice. O perros incunables, incurables.
El sexo, a veces, nos lleva a prostíbulos ciegos donde acariciamos culos suavísimos como estíos
maduros. Son mujeres que orinan inconsolablemente. El sexo, a veces, nos lleva a vaginas enanas,
una vieja muchacha de aspecto mineral, con el ombligo destrozado por el pene de un pájaro.
Hay alcobas de memoria azul donde alguien amortaja nuestro pene como una frambuesa
revenida. Y ya somos para siempre prisioneros de un peine de mujer, víctimas de un cepillo
femenino, cómplices de un viejo reloj, latonero y verdoso con algo de guitarra donde viviera un pez
con escamas de horas, en el agua del tiempo.

Francisco Umbral
fotografía de Carmen García B.

  

Historias del hielo


Las crónicas nos hablan
de aquella brava rusa, casi niña,
que murió combatiendo al invasor.
Por la mañana el sol la descubría
bajo la nieve, fresca:
grandes ojos azules y, desnuda,
toda su gracia intacta;
los brazos muy abiertos, como para el amor.
Las tropas se paraban a admirar
esa forma esculpida por la mano
brillante del invierno. Más de uno,
aquella misma noche,
montaría a una puta pensando en la muchacha.
No muy lejos,
entre gritos de júbilo,
los niños se arrojaban valle abajo,
a lomos de soldados congelados,
jugando a los trineos.

Miguel Ángel Velasco