lunes, 11 de diciembre de 2017

Aplastamiento de las gotas


Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae.
Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse.
Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar

domingo, 10 de diciembre de 2017

Lo que veo pasar me ve pasar...


Lo que veo pasar me ve pasar
y por eso estoy vivo.
Lo que veo
detenido me ve quedarme quieto
y por eso no muero.
En mis ojos,
los ojos de los árboles y el río
se miran para ser y darme el ser.
No espejos sino luz.
No parentesco
o relación sino lo mismo.
No
el tiempo desplegándose despacio
para extender su red
sino la araña
devorando a la araña para hacerse
tan grande como el tiempo y devorarle.

Lo que veo pasar me deja ciego
y por eso estoy vivo.
Lo que veo
detenido me aparta de mis ojos
y por eso no muero.
!Sigo aquí!

Jesús Aguado

sábado, 9 de diciembre de 2017

Vacaciones pagadas


He decidido marcharme para siempre.
Amén.

Volveré mañana
porque soy viejo
y tengo los pies muy resentidos
e hinchados por la gota.

Pero volveré a marcharme pasado mañana,
rejuvenecido por el asco.
Para siempre jamás. Amén.

Pasado mañana no, el otro, volveré,
paloma de raza mensajera,
como ella estúpido,
aunque no tan recto,
ni blanco tampoco.

Emponzoñado de mitos,
con las alforjas colmadas de blasfemias,
huesudo y chupado y legañoso,
príncipe desposeído hasta de sus sueños,
Job de pocilga;
con la lengua cortada, castrado,
pasto de la piojería.

Tomaré el tren de vacaciones pagadas.
Agarrado al tope.
La tierra que fue nuestra herencia,
huye de mí.
Es un chorro entre las piernas
que me rechaza.
Herbaza, pedregal:
signos de amor disueltos en vergüenza.
¡Oh, tierra sin ciclo!

Pero miradme:
otra vez he vuelto.
Solo, casi ciego de tanta lepra.
Mañana me voy
-no os engaño esta vez.

Sí, sí: me voy a gatas
como el tatarabuelo,
por el atajo de los contrabandistas
hasta la línea negra de la muerte.

Salto entonces en las tinieblas ardientes,
donde todo es extranjero.
Donde vive desterrado
el Dios antiguo de los padres.

Pere Quart (Joan Oliver)

jueves, 7 de diciembre de 2017

Una hora cítrica


La naranja de todas las tardes.
La naranja paterna y regalada.
Esta promesa química de agosto. Esta boca destetada del naranjo.
El invierno existe porque está encerrado dentro de la naranja. Es necesario afilar el acero de la liturgia, llegar a los centros, proclamar la carne y la nieve. Morder.
Es necesario señalar los husos de un mundo
diminuto, rajar la esfera como un dios
creando;

por aquí parto El Cairo, por allí Ciudad del Cabo.
Nueva York es debajo de mi cuchillo una parturienta hendida por el Hudson.

Van a dar las seis en ristre de diciembre,
una hora cítrica me baja por el esófago.
Atardezco.
Para que venga la noche, me como la naranja.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

Baby Blue


Guess I got what I deserve

Supongo que tengo lo que merezco.
Todo aquel tiempo sin una palabra.
La edad celeste de los héroes
y esa belleza exacta de lo imperceptible.
Las llaves que entran en la cerradura
y todo se abre, pero no piensas en ello,
como llegar a casa y calentar la cena
mientras sonríes porque otro día más
el mundo es perfecto,
una mentira azul y ordenada.

Supongo que todo irá mejor
cuando me haya marchado,
pero hasta entonces, abramos otra cerveza,
ahora que todo es aún redondo y limpio
y vayamos temprano a la cama para celebrar
la sencilla fortuna de estar sobre la Tierra,
como si dijésemos hasta mañana
y algo nos creyera.

Iván Onia Valero, de Hermanos de Nadie (Karima editora, 2015)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El aviso las señales


Yo espero una bengala de aviso
tantas veces he escrito la clave en un papel
la he grabado sobre un grano de arena
con la fuerza del hambre
iluminado por un haz de luz
como cuando cruza un navío delante de los acantilados
o se incendia de repente la carpa del circo
en la noche oscura
cuando arrojan a las tribus antiguas
hacia las alamedas de yacimientos de hulla
y los tigres inclinados al borde de los estanques
electrizan con su piel
los menudos ojos de los peces
es así que yo espero un silbido de aviso
entre arroyos con mimbre
y la opulencia de una hilera de mesas de noche
yo te busco en todos los rincones
con una fogata
para alumbrar los vidrios
y ver las señales mágicas de tu vaho
cuando no te dejan cruzar el umbral del puente de mi río
o no me dejan seguir en los caminos
las líneas secretas de las rocas de tu valle

Carlos Germán Belli

martes, 5 de diciembre de 2017


TÚ ERAS mi muerte:
mientras todo se me escapaba,
a ti te podía retener.

Paul Celan

lunes, 4 de diciembre de 2017

Mi casa parece una zapatería ruinosa


¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!
CÉSAR VALLEJO

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!
de mis zapatos, pobres y sonrientes al cabo,
trasquilados, lluviosos, sedientos de qué. Al fin.
Su dueño los mira como a viejos cachorros que gimen kilométricamente
-a lo largo y a lo largo- pero aún no aprendieron a ladrar ni a
quejarse de esta ruta o de aquel charco.

Por eso los mira, como amando lo que nunca va a tirar.
Son de él, suyísimos, igual que el brazo corresponde a la clavícula,
al tenedor y al manzano, los zapatos son de las distancias que los
han traído a este museo del presente.
Pertenecen al voyeur que se relame de puro patrimonio, diariamente.
Suyos hasta que no queden una mañana y venga a echarles su pan
-esa rutina que fue bella por simple-
y lo saluden unos dedos blancamente sucios. Quedando al filo de
la cama, como quien observa un hormiguero en mayo y admite
la necesidad de la muerte, o un cambio de la luz sobre la casa,
mientras busca con el pie ese tacto familiar de los zapatos viejos y
encuentra sólo el final de una época o de un camino.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)